ESCRITOS | Jersey de cuello gris

Las agujas del reloj rozaban las ocho en punto.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Allí estaba, arañando los minutos frente al armario, pensando qué ponerse en un martes tan lúgubre y helado. «El jersey de cuello gris» -pensó- «no queda otra opción».

Había tratado de desechar esta idea durante varios minutos. Aquel jersey de punto y color plomizo llevaba colgado en la percha de su armario más años de los que ella pudiera calcular. Se había convertido en un adorno habitual, siempre estaba ahí cuando desplegaba las puertas del mueble. Anodino, simplón.

Aquel jersey de cuello gris que su madre vistió durante tanto tiempo y que ella había heredado sin tener saldo contable suficiente como para hacerse cargo de él. Porque para impuesto de sucesiones, el suyo. Habría preferido pagar todo lo necesario con tal de no volver a ver ningún objeto de aquella mujer a la que tanto echaba de menos. Y sin embargo, tenía que ver aquel jersey de cuello gris cada mañana, antes de ir al trabajo, depositado sobre la percha, dando gritos en el armario para ser extraído. Era como si el alma de su madre aún latiera en cada objeto que le perteneció. Pero hoy no era el día para sentir más vacío.

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Había pasado muy mala noche, estaba enferma y su trabajo pendía de un hilo. Aquella era una de esas mañanas en las que habría necesitado un abrazo de su madre, de esos fuertes que rompían las costillas, acompañado de unas palmaditas en la espalda diciendo: «todo irá bien». Pero ella no estaba y pocas cosas iban bien. Sentía que en su corazón faltaba el pedazo lógico de Macarena, que con su alegría y desparpajo siempre se había metido a todos en el bolsillo. Sí, su madre siempre había sido una persona extrovertida y feliz. Al contrario que aquel jersey de cuello gris, que era incapaz de tener absolutamente nada en los bolsillos, ni de ganarse a nadie, porque era muy feo.

«En fin» -sentenció mientras lo extraía de la percha- «al fin y al cabo solo es un aburrido jersey». Se lo ajustó sobre los hombros, estiró las mangas, alisó el cuerpo y cuando fue a colocar los bolsillos interiores, se dio cuenta de que en el izquierdo había un papel amarillento arrugado. Era una nota con cuatro líneas de escritura, trazadas con la pulcra caligrafía que había caracterizado a su abuela Teresa.

«Eres propensa a levantarte con el pie izquierdo, con lo cual, creo que si te dejo esta nota en el bolsillo del mismo lado, la encontrarás más fácilmente. Recuerda Macarena por qué te regalé este jersey. Una prenda gris para que cada vez que la veas, sientas la necesidad de iluminar tu aspecto con una gran sonrisa. Te quiere, tu madre». Lucía no parpadeó durante varios segundos. Había encontrado una nota privada que su abuela le había escrito a su madre hace quién sabe cuánto tiempo.

Ambas la habían abandonado. Teresa, cuando Lucía comenzó el instituto, hace casi dos décadas; y Macarena, desde que aquel jersey empezó a coger polvo, siete años atrás. Y ahora, encontraba aquella nota que le decía que su madre no era tan distinta a ella y que la sonrisa con la que la recordaba, quizá no había sido siempre permanente. Macarena tal vez se había esforzado por mostrársela a su hija, hasta en los momentos de mayor incertidumbre. Y ella lo estaba descubriendo a estas alturas de la película.

Con los ojos empañados, Lucía se llevó automáticamente la mano al bolsillo derecho del jersey para buscar un pañuelo con el que retirarse las lágrimas. Allí encontró otro pequeño trozo de papel doblado, esta vez con mucho mimo. Lo desenrolló e identificó en esta ocasión la letra de su madre:

«Me alegro de que hayas decidido optar por el pie derecho. Estás preparada para ponerte este jersey de cuello gris e iluminar al mundo con esa preciosa sonrisa que siempre quise para ti y que no pude enseñarte. Espero que un día puedas tú también enseñársela a mi nieta. Te quiere, Macarena».

Una sensación de felicidad recorrió el cuerpo de Lucía desde las yemas de los dedos. De repente, sintió que estaba preparada. Lista para cumplir con el legado de su madre y con la misión de su abuela. Una herencia que ahora había hecho propia y que iba a cumplir. Se encaminó hacia el salón y tomó las llaves y el abrigo.

Cuando se dispuso a salir por la puerta, el reloj marcaba las diez. Habían pasado dos horas, pero había sido el mejor par de horas de los últimos siete años. Al menos, así lo sentía una alegre Lucía, que se encaminaba por la avenida con un simple, pero extrañamente brillante, jersey de cuello gris.

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