ESCRITOS | ‘Mercedes’, por Ana Esther Méndez

[Historia real. Sucedió el sábado 2 de febrero en el cementerio de León].
Eran las primeras horas de una gélida tarde de sábado. Un grupo de rayos de sol asomaba entre las nubes con retraimiento. Los grajos volaban bajos. Hacía un frío para llevar doble refajo. Las calles estaban desiertas y el cementerio, también. Tan solo el trasiego de una pareja traspasando el umbral de la entrada rompía el silencio.
Solo ellos dos…
Hasta que llegó ella.
En un jarrón esmeralda que fue depositado por el funcionario cuidadosamente sobre una repisa de cristal. Sabía que se llamaba Mercedes, que tenía 101 años y que había fallecido dos días antes. Nada más.
A partir de ahí, mi mente comenzó a elucubrar.
Lo que esa mujer podía haber sido, lo que sus ojos habrían visto. Tierna mirada que quizá, de permanecer en España, hubiera contemplado el paso de la guerra con su consecuente pérdida de la inocencia. Y de la posguerra y de la transición. Más de 101 años de alegrías, decepciones, tristezas, enfados e incertidumbres que ahora estaban reunidos en los recuerdos de aquellos que en algún momento se toparon con ella.
Porque Mercedes no era aquella urna que reposaba sobre el pedestal.
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Mercedes fue su alma, sus acciones, sus sentimientos y sobre todo, su legado, el que siempre deja una persona cuando abandona su cuerpo, sin irse del todo. Y aunque Mercedes vivió 101 años, se fue pronto, porque nunca es buen momento para partir. Siempre nos quedarán más libros por leer, más lugares que conocer, más logros y avances por descubrir. La existencia humana siempre será pequeña, humilde. En algunos casos, más exigua que en otras.
Sumergida en mis pensamientos de repente comprendí que Mercedes no se había ido del todo. Estaba dentro de mis pensamientos, moviendo con mimo cada uno de ellos como si fueran hilos tejiéndose poco a poco, para que me diera cuenta de la fugacidad de la vida, de la importancia que reviste pasar el tiempo que nos quede con aquellos a los que amamos de verdad y con todo nuestro corazón.
Y fue entonces cuando Mercedes abandonó la sala. No porque el funcionario se dispusiera a trasladar su urna al nicho durante el que reposaría per secula seculorum, sino porque ella ya no estaba allí. Ya no sentía a aquella mujer que nunca había conocido. Sin embargo, sentía su enseñanza, su legado, aquel que me invitaba a no perder el tiempo y a vivir.
En aquel momento me pregunté si el día que yo mueriera sería capaz de dejar en alguien alguna enseñanza de ese tipo…
Como Mercedes me dejó a mí.
Porque en ocasiones, y solo si sabemos escuchar, un desconocido nos enseña más que la persona más cercana de nuestro camino.

 

AnaEstherMéndez

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