RELATO | Sonata del silencio

Por Ana Esther Méndez

”¿Qué pesa más, el día de tu nacimiento o el día de tu muerte?”

En estas dilucidaciones se encontraba Álvaro mientras corregía los últimos exámenes de Historia de sus alumnos. Los trazos del rotulador rojo girando sobre el papel rompían el silencio, acompasados por el segundero del reloj de la Sala de Profesores.

– ¿Qué pesa más, el día de tu nacimiento o el día de tu muerte? – murmuró en voz baja.

Ni siquiera él supo qué responder cuando Clara Márquez, de tercero, le hizo esa pregunta. “Esa jovencita es una sabelotodo que siempre tiene que preguntar algo”, pensó refunfuñando, mientras apartaba hacia el montón derecho varias hojas de examen y tomaba las últimas de la pila ya inexistente de la izquierda. Resoplando, se preparó para corregir el último cuando de repente, el sonido del teléfono rasgó su plácida quietud.

– Sí, ¿dígame?
– ¿Señor Martín?
– ¿Perdón?
– ¿Es usted Álvaro Martín?
– Ah, sí. Disculpe, sí. Soy yo.
– Buenos días. Hemos tratado de localizarle a través del teléfono fijo y la dirección que nos facilitó, pero nos ha sido imposible. No nos ha quedado más remedio que comunicarnos con usted a través del teléfono del centro escolar. Disculpe que le avasallemos en el trabajo, pero es urgente. Tenemos los resultados de la biopsia y necesitamos por favor, que venga a vernos cuanto antes. Tiene usted que ingresar…

… … …

En aquel momento, el profesor Martín volvía a depositar el auricular sobre su repisa y se disponía a corregir el último examen que le quedaba por puntuar y que había dejado inacabado segundos atrás. Hacía tan solo unos segundos le había cambiado la vida. O no, porque él ya lo sabía. Y por eso no dejaba de darle vueltas, malhumorado, desde hacía semanas. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, pero hoy, hoy era diferente. No estaba dispuesto a aguantar llamadas nocivas de personas que ni conocía.

Era el día de su cumpleaños. Y lo estaba celebrando como más le gustaba: en silencio, entre papeles y sin felicitaciones. Un día tan maravillosamente delicioso que, sin embargo, había quedado truncado con aquella asquerosa llamada y con su alumna Clara, que cada vez que le veía, le inquiría sobre cuestiones más absurdas. Porque, ¿qué día va a pesar más? “Por supuesto que el día del nacimiento”, concluyó el profesor, “el día de mi muerte no voy a estar yo aquí para verlo”.

En esto reflexionaba mientras corregía el examen de la señorita Márquez, en cuya última pregunta señalaba: “¡Paz al artista que duerme el sueño de la gloria! Como Van Gogh, holandés y exponente del impresionismo cuyos cuadros solo alcanzaron coberturas millonarias tras su muerte, como si el artista estuviera gafado, o maldito, o…”

Cesó de leer en aquel preciso instante. Ya había tenido demasiado. En sus más de treinta años como docente, jamás había dejado un examen inconcluso en su corrección, pero lo de aquella niña, era demasiado. Se excedía en sus libertades y aumentaba los postulados expuestos en los libros con opiniones propias totalmente desafortunadas. ¡Dónde se había visto eso! ¡No tenía ninguna intención de entender lo que en sus clases había enseñado! Y seguía acudiendo, como movida por la inquina, para perturbarle y volverle loco con todas esas ideas peregrinas.

Enfadado, agrupó bruscamente todos los exámenes, tomó su carpeta y se puso el abrigo con desgana. Atormentado, abandonó la sala dando un portazo y pensando que le pesaba mucho más la vida ahora que sabía que llevaba la muerte sobre los hombros.

Ana Esther Méndez

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