RELATO | Tierra

Por Ana Esther Méndez


Caminaba por una escarpada cuesta de Madrid. Cabizbaja y con la mirada perdida entre las baldosas, buscaba argumentos que le dieran el aliento suficiente para respirar y no echarse a llorar. Pero no los encontraba.


Laura llevaba casi doce años viviendo en la gigantesca capital, echando de menos su pueblo y a toda aquella gente que la llenaba de vida sin decir nada. Lamentaba no estar en Villaespasa para compartir con sus padres aquellos momentos tan importantes, pero la realidad era que las obligaciones laborales no lo habían hecho posible.


La abuela había fallecido durante la noche. Como habían pasado más de doce horas desde el óbito, sus padres y tíos ya habían organizado el papeleo para realizar el velatorio en casa, tal y como ella habría querido. Rodeada de los suyos, recordando momentos y anécdotas de los más de noventa años que tuvo la suerte de poder vivir.


La abuela Carmen nunca había salido del pueblo. Allí nació, creció, se casó con el abuelo Juan, engendró a sus hijos y también murió. Allí fue feliz, inmensamente feliz, porque por muchas vicisitudes y necesidades que atravesó junto a su marido para poder alimentar a sus ocho hijos, siempre tuvo algo que darles para llevarse a la boca, quitándoselo ella de su propio plato.


Era una de las personas más inteligentes que Laura había conocido nunca, conocida como “la librera de Villaespasa”, porque cada vez que el bibliobús arribaba en la localidad, ahí estaba la primera para pedir prestados dos o tres tomos. Leía mucho y leía bien, que no es lo mismo. Porque se puede leer mucho, pero leer en voz baja, para uno mismo. O se puede leer mucho y en voz alta, declamando como si de una obra de teatro se tratase, como hacía la abuela. Los vecinos de todos los pueblos de la comarca acudían para escuchar sus lecturas y también para verla leer, porque era un auténtico espectáculo. Se vestía con telas de vivos colores y comenzaba a moverse de un lado a otro de la plaza, con el tomo en la mano, haciendo aspavientos y riéndose de sí misma con los demás. Carmen había sido una gran mujer.


Laura buscó el teléfono móvil en el bolsillo de la cazadora, marcó con velocidad nueve números y se lo puso en la oreja derecha. La voz de su padre sonó al otro lado, como si estuviera muy cerca.


– Hola, cariño. ¿Cómo estás?- Bien, papá. ¿Y tú? ¿Cómo van los preparativos?


Su padre se tomó unos segundos para contestar, soltó un profundo suspiro y respondió.
– No creas que muy bien. La gente está muy afectada. El cura nos ha dicho que no estemos preocupados, que ahora se encuentra en buenas manos y que cuando alguien fallece a edades tardías con una muerte dulce como tu abuela, es digno de festejar. Pero ya sabes, no será fácil acostumbrarse a su ausencia.

– Ya…- ¿Sabes por fin cuándo podrás estar aquí? ¿Te han dejado librar dos días para poder venir?

– Pues la verdad es que…


Laura dudó unos instantes mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.


– Sí, creo que podré ir sin problemas, papá.

– Gracias, hija. Sabes que a tu abuela le hubiera encantado que estuvieras aquí. Entonces vamos hablando por whatsapp, ya me dirás a qué hora llegas a Burgos para recogerte.

– Vale, papá. En un rato te escribo. Te quiero.- Y yo, hija. Adiós.


Laura seguía mirando las baldosas de aquel suelo gris. Comenzaba a sentirse cansada, por lo que decidió tomar asiento en el siguiente banco que encontró en su camino. Levantó la cabeza, cerró los ojos, tomó aire llenando los pulmones y lo expulsó con calma, como quien se quita un peso de encima. En pocas horas, su vida había cambiado por completo. Hasta el día anterior, pensaba que era una persona muy afortunada. Tenía el trabajo que siempre había soñado y para el que tanto se había esforzado desde bien pequeña. En aquella ciudad había conocido a su marido, un hombre que la quería tal cual era, sin necesidad de fingir ser perfecta. Tenía prestigio y se había convertido en una conocida analista política. Las tertulias se pegaban por contar con la aguda Laura Escalona entre sus filas y cada semana recibía varias llamadas para participar en nuevos proyectos. En cambio, y no sabía muy bien por qué, a Laura cada día le llenaba menos aquella vida que con tanto sudor había construido. Siempre pensó que estaría preparada para formar una familia cuando los mimbres de su propia cotidianidad fueran lo suficientemente férreos. Ahora, tenía muchas más dudas. No de lo que había conseguido, tampoco de si todo aquello había merecido la pena. Laura había cumplido su sueño, pero alcanzarlo también había supuesto un cambio en sus objetivos y sus metas. Ahora ya no amaba su trabajo como antes, ni a aquella ciudad. Declinaba muchas propuestas y estaba ausente. Le gustaba todo aquello, sí. Pero Laura ya no era la misma.


Echaba de menos su pueblo, a sus padres, a sus abuelos y amigos. Echaba de menos salir a la calle y encontrarse con sus vecinos. Saludar a cualquiera con quien se cruzase y no tener que preocuparse por el tiempo que tardaría en llegar a cualquier lugar, porque todo estaba cerca. Y el olor… Ese olor a primavera que ahora tenía que estar cubriendo los campos de Villaespasa. O el olor a lluvia, que en Madrid se confundía con el humo y la contaminación.


Laura lo tenía claro. No es que Madrid fuera el peor sitio del mundo, ni mucho menos, pero desde el momento en el que supo que estaba embarazada, tuvo claro dónde quería que naciese y se criase su hijo. Y tenía mucha suerte de que a su marido Luis le hubiera parecido bien desde el momento en el que le transmitió su deseo la noche anterior.


Sucedió justo después de que su madre llamase para contarle que su abuela había fallecido.


– Hace días que tengo un retraso – le había dicho a Luis.

– ¿De verdad? ¿Estás segura? ¿Quieres comprobarlo? – Luis respondía con un brillo de ilusión en los ojos. Siempre había querido ser padre.

– Dos semanas y media. He comprado una prueba de embarazo. Voy al servicio, vengo ahora.


A los pocos minutos, Laura aparecía por el umbral de la puerta del salón con lágrimas en los ojos y una sonrisa que desvelaba la respuesta afirmativa de la prueba. Desde entonces, ambos habían decidido que dejarían todo para arrancar una nueva aventura en el pueblo. Los padres de Laura tenían un restaurante en Burgos e iban a cerrarlo porque se querían jubilar. Llevaban muchos años. Luis y Laura les propondrían hacerse cargo en cuanto les comunicasen sus intenciones, porque aún no habían anunciado la gran noticia. Estaban esperando a hacerlo el día después de que Laura llegara, cuando Luis ya estuviera allí, ya que viajaría un día después.


La joven sonrió con los ojos cerrados y murmuró:


– Ahora, tu nieta volverá a la tierra, abuela. Como tú has vuelto. Y tu biznieto nacerá donde tú naciste y se criará donde tú también lo hiciste. No se me ocurre lugar mejor para que llegue a ser como la mejor mujer que he conocido nunca.


Orgullosa como no lo había estado nunca, se levantó del banco, se echó la mochila al hombro y tomó la avenida rumbo a su propia felicidad.

Ana Esther Méndez

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